En el Día Internacional de la Mujer (8 de marzo) corresponde reflexionar sobre la igualdad. No se trata de una demanda reciente ni de una aspiración menor: es una exigencia histórica frente a un orden social que, durante siglos, ha colocado a las mujeres en un lugar subordinado.
Durante demasiado tiempo se nos asignó el papel de acompañar los proyectos de otros: cuidar, sostener, apoyar. Se nos dijo que ese era nuestro deber, incluso nuestro destino.
TE PUEDE INTERESAR: Siete bancadas desmantelan comisiones de Pueblos, Cultura y Mujer para el futuro Parlamento
Aún ahora, millones de mujeres realizan trabajos esenciales para la vida social —el cuidado de niñas, niños, personas con discapacidad o con problemas de salud, y personas adultas mayores, el sostenimiento cotidiano de los hogares y de las comunidades— sin reconocimiento económico, sin protección social y con escaso reconocimiento público. La sociedad se sostiene sobre ese trabajo invisible, pero rara vez lo reconoce o lo redistribuye.
La desigualdad, sin embargo, no es un accidente. Expresa relaciones de poder profundamente arraigadas. La violencia contra las mujeres ha sido históricamente uno de los mecanismos más eficaces para sostener ese poder: busca disciplinar, controlar y limitar nuestra autonomía, recordándonos permanentemente cuáles son los límites que la sociedad ha querido imponernos.
Por eso la lucha por la igualdad, contra la discriminación y contra la violencia forman parte de un mismo proceso histórico. No pueden separarse.
El enfoque de género permite precisamente comprender esas relaciones de poder. No se trata únicamente de describir diferencias entre hombres y mujeres, sino de analizar cómo esas diferencias han sido producidas y organizadas socialmente.
«Las brechas estructurales no se corrigen únicamente con oportunidades formales. Se requiere igualdad efectiva en la vida cotidiana: en el acceso al poder».
Como advertía Michel Foucault, el poder no se ejerce solamente desde arriba ni se limita a la coerción directa. Circula a través de instituciones, discursos y prácticas sociales. En ese entramado histórico, instituciones como la familia, la escuela, la iglesia, el derecho o incluso la medicina han contribuido a normalizar jerarquías que durante siglos colocaron a las mujeres en posiciones subordinadas.
Comprender estas dinámicas permite entender por qué las desigualdades persisten y por qué su transformación exige cambios más profundos que la simple proclamación formal de derechos.
La igualdad, por tanto, no puede reducirse a una fórmula limitada de “igualdad de oportunidades”. Cuando esa idea se presenta aislada de la realidad social termina trasladando la responsabilidad a las propias mujeres: si no alcanzan determinados espacios, se dice, es porque no reunían las condiciones o no tuvieron suficiente mérito.
Pero las brechas estructurales no se corrigen únicamente con oportunidades formales. Se requiere igualdad efectiva en la vida cotidiana: en el acceso al poder, al trabajo digno, a los recursos, a la justicia y a una vida libre de violencias.
En un país diverso como el Perú, estas desigualdades se profundizan cuando se trata de mujeres indígenas, amazónicas o rurales, que enfrentan además barreras geográficas, económicas, culturales y lingüísticas. Sin embargo, son ellas quienes sostienen territorios, saberes ancestrales, economías familiares y redes comunitarias fundamentales para la vida del país.
«La historia demuestra que los derechos de las mujeres nunca han sido concesiones: han sido conquistas colectivas».
Resulta especialmente preocupante observar cómo, en el momento actual, se impulsan decisiones políticas que significan retrocesos en los derechos de las mujeres y las niñas. Un Congreso que legisla para restringir derechos y un Ejecutivo muchas veces obsecuente frente a esas decisiones no podrán frenar la fuerza de una lucha histórica que atraviesa generaciones.
Las palabras importan, porque permiten nombrar las desigualdades y hacer visibles realidades que durante mucho tiempo fueron negadas. Por eso preocupa también que se pretenda borrar del lenguaje aquello que permite comprender las brechas que afectan a las mujeres o cuestionar herramientas de análisis —como el enfoque de género— que han sido fundamentales para evidenciarlas.
La historia demuestra que los derechos de las mujeres nunca han sido concesiones: han sido conquistas colectivas. Y aun así, si miramos el tiempo largo de la historia, la conquista de nuestros derechos forma parte de una historia muy reciente, es apenas un suspiro en el tiempo.
Por eso lo alcanzado sigue siendo frágil y cada generación tiene la responsabilidad de defender y ampliar esos derechos.
Como escribió la poeta peruana Blanca Varela, la palabra también puede ser un acto de afirmación frente al mundo. Y hoy las mujeres tenemos algo muy claro que decir:
Que no aceptaremos retrocesos.
Que no renunciaremos a la igualdad.
Que no volveremos al silencio.